Ir diréctamente al contenido

Trabajando.com

¿Quiere contratar? ingrese a la sección Empresas

¿Ya eres miembro?, ingresa con tu usuario y contraseña

Bolsa de trabajo líder de Iberoamérica y miles de ofertas de empleo. Ingresa gratis tu currículum y comienza a buscar trabajo.

Hay 262.446 vacantes de trabajo en toda nuestra comunidad en Iberoamérica

¿Es posible aprender como adulto?

Ciertas ideas que creemos incuestionables limitan y orientan nuestra visión de la realidad. ¿Tenemos esas ideas, o ellas nos tienen a nosotros? Según el autor, los adultos aprendemos si logramos identificarlas, reflexionar sobre ellas y, llegado el caso, reemplazarlas por otras más adecuadas.

 

La madurez no marca el final, sino el comienzo de un proceso de desarrollo que tiene a cada persona como protagonista y único responsable. Es posible que aprendamos como adultos, y lo es en mayor medida si logramos comprender cómo se produce el aprendizaje, qué factores inciden en él y qué podemos hacer para facilitarlo. A lo largo de estas líneas, descubriremos que aprender es mucho más que acumular conocimientos. Se trata de expandir nuestra capacidad de darle sentido a la realidad.

 
Metáforas que nos tienen
Con el paso de los años, se producen cambios en la relación que establecemos con ciertas ideas, personas, organizaciones o actividades. Quien, hace 20 años, jugaba al golf para mostrarse exitoso puede hoy hacerlo con el único objetivo de relajarse. Algo similar ocurre con la forma en la que concebimos el aprendizaje: en distintos momentos de nuestra vida, lo asociaremos con diversas palabras, como sueño, plan, ensayo y error o adaptación. Llamaremos a esas palabras metáforas.
 
Robert Kegan, experto en Aprendizaje de Adultos y Desarrollo Profesional de la Universidad de Harvard, sostiene que, en realidad, nosotros no tenemos esas metáforas, sino que ellas nos tienen. Y lo hacen porque limitan nuestra capacidad de pensar, por ejemplo, en golf o en aprendizaje. ¿No llegaremos al aula de un modo diferente si asociamos el acto de aprender con sueño o con plan? Esas palabras nos tienen, y dirigen la forma en la que hacemos sentido de nuestra experiencia.
 
Sistemas, variables y desarrollo
Ahora bien, ¿cuál es el motivo por el cual hoy construimos un sentido diferente al que construíamos hace algunos años? ¿Qué hace que abandonemos unas metáforas y adoptemos otras? Ese cambio, de por sí, ¿puede ser llamado aprendizaje? Como veremos, aprender no siempre implica cambiar de metáforas, sino hacerlas propias.
 
Jean Piaget, psicólogo suizo que estudió cómo aprenden los niños, estableció una serie de etapas en las que van adquiriendo determinadas capacidades. Por ejemplo, hay una edad en la que no pueden captar adecuadamente el volumen de los objetos, porque su mente, que razona de un modo bidimensional, aún no está lo suficientemente desarrollada como para manejar esas variables.
 
La última de las etapas que definió Piaget comienza en la adolescencia y comprende todo el resto de la vida de la persona. Respecto de esto, Robert Kegan se pregunta si, llegada la madurez, la capacidad de aprender realmente entra en una meseta. Y concluye justamente lo contrario: que los adultos continuamos desarrollando nuestra mente de un modo escalonado, similar al de los niños.
Durante la adultez, seguimos abordando la realidad a través de ciertas variables, que conforman verdaderos sistemas de pensamiento, capaces de determinar la forma en la que hacemos sentido de nuestros problemas. Así, un ejecutivo que ve el mundo con variables que identifican dualidades, encontrará posturas opuestas en todo lo que analice, aunque que la realidad esté llena de matices.
 
Por fortuna, los adultos tenemos la capacidad de identificar esos sistemas, para luego mejorarlos o reemplazarlos por otros más adecuados. Es entonces cuando aprendemos. Según Kegan, el aprendizaje del adulto se define como el pasaje entre ser tenido por ciertos sistemas y comenzar a tenerlos como objetos propios.
 
Entonces, se abren nuevos interrogantes que intentaremos responder de aquí en adelante: ¿cómo se produce este pasaje, y en qué situaciones? ¿El aprendizaje es siempre una respuesta adaptativa a los cambios del entorno, o hay algo que podamos hacer para propiciarlo? ¿Todos los sistemas que nos tienen pueden ser cambiados?
 
Información y transformación
Debe quedar claro que, desde el marco teórico que aquí se propone, aprender no equivale a incorporar y acumular conocimientos. Aquel ejecutivo, que antes sirvió como ejemplo, puede estar muy informado sobre muchas cosas y, sin embargo, seguir viendo dualidades en ellas. Por lo tanto, no se trata de leer infinidad de libros, sino de ampliar la propia capacidad de construir sentido a partir del saber.
 
El aprendizaje no se da en el nivel de la información, sino en el de la transformación. Es allí donde resulta posible expandir la capacidad de aprender, en la medida en que logremos darle un sentido más amplio y complejo a los problemas que se nos presentan. Descartamos, entonces, a la información como un necesario desencadenante del aprendizaje, y nos encontramos con los problemas. Son ellos, según Kegan, los que nos desafían y sacan crecimiento de nosotros, al darnos nuevas posibilidades de construir sentido de una forma más expandida, que tenga en cuenta más variables.
 
Desafío y aprendizaje
La familia en la que nos criamos nos inculca ciertas ideas y normas sobre cuestiones morales, políticas, religiosas y laborales, entre muchas otras dimensiones. Durante la niñez, esos sistemas nos tienen. Llegada la adolescencia, tampoco manejamos muchas ideas propias: tendemos a aferrarnos a roles que nos sujetan, o bien nos dejamos tener por otros para mostrar nuestra rebeldía. Es recién en la madurez cuando comenzamos a actuar y construir sentido con razones propias, independientes de la motivación de obedecer o desobedecer los mandatos de la autoridad.
 
Llegada esta etapa, ya estamos en condiciones de ingresar en el proceso de desarrollo que nos permitirá ampliar progresivamente nuestra capacidad de dar sentido a la realidad. Y podremos hacerlo en la medida que diversos problemas nos desafíen, nos lleven a cuestionar paradigmas que teníamos como dados, firmes e incuestionables. Esto suele ocurrir cuando la persona entra en la universidad, comienza a interactuar con gente diversa y cae en la cuenta de que existen otros modos coherentes de desarrollar la propia vida e interpretar la realidad.
 
Se habla de “desafío” porque, de un momento a otro, las cosas dejan de ser tan homogéneas como pensábamos, lo cual nos inquieta y nos plantea un problema. Ante esta situación, se abren dos posibles caminos: el rechazo y el aprendizaje. En el primer caso, nuestra reacción es calificar lo diverso como irracional, absurdo o inadmisible, y refugiarnos en lo conocido, donde hallamos comodidad. Así, el problema queda pseudo solucionado, pero nuestras metáforas siguen teniéndonos.
 
En cambio, si decidimos transitar el camino del aprendizaje, el encuentro con las explicaciones alternativas hará que reflexionemos, para luego conservar o reemplazar el sistema que nos tenía. En cualquier caso, habrá aprendizaje, porque dejaremos de ser tenidos por un sistema y pasaremos a tenerlo.
 
La importancia del apoyo
Si bien es cierto que el aprendizaje precisa desafíos, no hay forma de aprender si ponemos todo en cuestión, y al mismo tiempo. Para poder cuestionar ciertos aspectos de nuestra vida, necesitamos hacer pie en algo firme. Es importante, entonces, que existan apoyos, ámbitos contenedores cuya solidez no sea puesta en duda.
 
Pensemos en un hombre que, a sus 50 o 60 años, intenta cambiar de profesión para vivir más feliz y tranquilo: ¿sería capaz de lograrlo si no dispone de ámbitos estables en los cuales apoyarse, como su familia o sus amigos?
 
Lo ideal es que lograr un equilibrio y una interrelación entre el desafío y el apoyo. Para eso, puede ser útil pensar el aprendizaje como el acto de subir una escalera: estamos afirmados en un pie (apoyo), pero con el otro intentamos avanzar (desafío); y recién cuando logramos la estabilidad en el nuevo escalón, nos sentimos en condiciones de dar el paso siguiente.
 
La presión y la tensión
Como hemos visto, ante un problema, nuestra respuesta puede ser de aprendizaje o de rechazo. Por lo tanto, el desafío resulta necesario, pero no suficiente para nuestro desarrollo. Lo que resulta decisivo es el modo en el que manejamos la presión que surge cuando nos enfrentamos con grandes problemas, que cuestionan nuestras convicciones y supuestos más arraigados.
 
Esa presión nos conduce al rechazo, y a la consecuente falta de aprendizaje, porque nos impulsa a conformarnos con respuestas irreflexivas que, más que buscar la verdad, pretenden disipar rápidamente la ansiedad.
 
Por el contrario, aprender requiere transformar la presión en tensión. Es decir, desarrollar y expandir la propia mente de modo tal que seamos capaces de convivir con nuestras propias incongruencias. No se trata de dar respuestas automáticas que extingan la tensión, sino de hacer un esfuerzo por soportarla y mantenerla en el tiempo.
 
Es cierto que la tensión es incómoda, pero quien logra verla como positiva y convivir con ella deja de ser tenido por el problema que la genera. La ventaja de estar en tensión es que quedamos abiertos a encontrar nuevas respuestas, que nos permitirán aprender.
 
Buscarse los problemas
Volvemos a Robert Kegan para subrayar que los adultos solamente aprendemos si nos enfrentamos con problemas. Son ellos los que nos desafían y, de ese modo, tiran de nosotros para arriba. De esto se deduce que podemos aprender de dos maneras: forzados por las circunstancias o a partir de un deseo de autosuperación.
 
En el primer caso, se trata de aprovechar los diversos problemas a los que nos enfrenta la vida para ampliar nuestra capacidad de construir sentido. En el segundo caso, la idea es buscarse problemas con la intención de aprender. ¿Cómo? Conviviendo e interactuando con personas totalmente diversas. Diferentes, en muchos sentidos: en edad, etnia, origen geográfico, religión, simpatías futbolísticas, preferencias musicales, etc. Lo más probable es que ese tipo de experiencias nos presente una gran cantidad de desafíos, que podemos aprovechar para aprender.
 
Ahora bien, cualquiera sea la proveniencia del desafío, para que exista aprendizaje es imprescindible la curiosidad. Esto es, que tengamos disposición de aprendiz: una sincera disposición para cuestionar nuestros supuestos.
 
Queda claro, entonces, que el aprendizaje no es un necesario producto del paso del tiempo, ni de la acumulación de conocimientos. Aprendemos según lo que somos capaces de hacer en ese tiempo, y con esos conocimientos. El adulto decidido a desarrollarse sabe que él, y sólo él, es dueño de su propio aprendizaje. Entiende, a su vez, que debe hacerse cargo, y que la única forma de hacerlo es comenzar a ponerse problemas al hombro. Aprender es posible, pero requiere que estemos dispuestos a cuestionar nuestras ideas, desde las más superficiales hasta aquellas en las que encontramos sustento y seguridad.
 
Por Rodolfo Q. Rivarola
Director del Área Comportamiento Humano en la Organización del IAE
rrivarola@iae.edu.ar

Ingreso de usuarios

¿Olvidáste tu usuario o contraseña
Encuesta
 © Copyright 1999 - 2010. Trabajando.com. Todos Los derechos Reservados Argentina  Brasil  Chile  Colombia  España  México  Perú  Puerto Rico;  Uruguay  Venezuela 
  Logo Endeavor

Argentina (cambiar país)

Ir diréctamente al inicio de esta página